1. ¿Qué me preocupa?
Esta semana, en una reunión con mi equipo, me di cuenta de que muchas personas no participan activamente. Algunos se quedan callados, otros solo asienten sin mostrar si están realmente de acuerdo, y varios expresan lo que piensan solo por fuera, cuando la reunión ya terminó. Esto me preocupa porque siento que no estamos aprovechando todo el talento y las ideas que cada uno puede aportar, y que eso nos puede frenar como equipo.
2. ¿A qué aspiro?, ¿qué me gustaría ver?
Me encantaría que las reuniones fueran espacios donde todos se sientan cómodos para hablar con confianza. Que haya conversaciones reales, que las personas se animen a compartir lo que piensan, que se escuchen entre sí y que las decisiones que tomamos sean realmente construidas entre todos. Sueño con un equipo más abierto, más valiente y más conectado.
3. ¿Cuál es el principal desafío?
El reto está en cambiar la costumbre de “mejor no digo nada” o “ya todo está decidido”. Hay que lograr que las personas se sientan seguras, que sepan que su opinión cuenta y que pueden expresarse sin miedo. También implica que yo como líder dé el ejemplo y cree espacios donde el diálogo y la participación sean posibles.
4. ¿Qué tipo de desafío es?
Este es un desafío difícil (maléfico), porque no hay una única solución clara. No basta con cambiar una regla o decirle al equipo que hable más. Es un cambio más profundo, en la forma como nos comunicamos y trabajamos juntos.
5. ¿Qué hace difícil este problema?
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Lo que se puede hacer fácilmente: Poner nuevas dinámicas en las reuniones, abrir espacios para opinar, hacer preguntas directas, organizar actividades para escuchar a todos.
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Lo más difícil: Que las personas se animen a hablar con confianza, superar miedos al juicio o al rechazo, cambiar costumbres que vienen desde hace tiempo, y lograr que todos sientan que su voz es importante. También se trata de revisar cómo actuamos como equipo y cómo podemos apoyarnos mejor.
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